Se acabó o se acabará pronto el "Zapatero-tiene-la-culpa-de-todo". De las sequías y de las inundaciones, de las siete plagas de Egipto y de la Crisis Mundial, que no por ser mundial es de ello menos culpable. El mantra de la culpabilidad universal pronto será sustituido, si las cosas se ponen feas, por otros acordes con los nuevos tiempos: "se está haciendo todo lo posible", " la culpa es de la herencia recibida" o " no se pueden esperar milagros". Este último ya se deslizó el mismo día electoral como venda para futuras heridas.
No obstante, seguro que empezaremos a ver como las cosas mejoran por arte de magia o por lo menos nos dirán que mejoran. Nos lo anunciarán a bombo y platillo los "periolistos" del nuevo régimen. Mejora que no se deberá a lo que el electo haga o deje de hacer, sino a su mera presencia, al milagro providencial del simple contacto de sus posaderas con el cuero de los sillones de la Moncloa. Contacto por sí mismo suficiente para generar confianza, santo y único remedio de todos nuestros males, bálsamo de Fierabrás, cura universal, motivo más que suficiente para que la crisis mundial se disipe, se desvanezca, se licue, se disuelva.
La confianza, la simple y llana confianza y no los innecesarios y por ello no programados actos de gobierno, será lo que por arte de birlibirloque haga que el crédito fluya, los emprendedores emprendan, se generen millones de empleos, aunque sean de Todo a 100, las arcas del Estado rebosen, se pueda saldar la deuda soberana, claudiquen los pérfidos mercados, las agencias vuelvan a dar nota de empollón de la clase al Gobierno de la Nación y se infle de nuevo, cuan globo aerostático, la burbuja inmobiliaria para que todos volvamos a jugar al Monopoly de la Vivienda y vuelva a ser el motor de nuestra economía.
En esta versión del cuento de la lechera todo volverá a ser como cuando se edificaban ciudades en las dehesas toledanas y brotaban campos de golf como si fueran cactus en los desiertos del Levante. Entonces los berrocales de Madrid se llenaban de adosados y pareados y los albañiles pagaban consumiciones de cosechero en las tascas de San Blas con billetes de 500 recién hechos.
Gracias hay que dar a esos millones de votantes preclaros que han sabido ver lo que otros no vimos, el aura que enmarca la testa del "Elegido" y creer en lo que Él nos dijo en el "Sermón de las Siete Palabras" que su sola prestancia hará que los brotes verdes que no consiguió que germinasen el pérfido usurpador, sean en la primavera que se nos avecina, vara de San José florida y hermosa. Volverán las Bodas de Caná y se dará una nueva versión del milagro de "los panes y los peces", el cuerno de la abundancia se derramará por el orbe mundo. Pues el electo, su presencia, su aura, lo solucionarán todo. Sí, todo.
Y España volverá a ser lo que fue con él, aquel de quien heredé el aura por derecho de primogenitura. La España que injustamente se nos arrebató. Recuperaremos la importancia que tuvimos cuando él posó como comparsa para la foto de las Azores. Podremos poner las patas encima de la mesa del Emperador del Universo y a hablar con acento tejano recién adquirido.
En la cuneta quedarán los cadáveres de los vencidos. Los que no hemos sabido ver el aura del Electo, del Elegido, ni su excelsa virtud de la confianza, ni el milagro de sus posaderas asentadas en el sillón. Pero ya sabemos que nuestras cunetas siempre han estado cuajadas de cadáveres a los que sólo los deudos recordaron.

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