Cualquier persona normal sabría con toda certeza si un gasto
determinado es un gasto imputable a la actividad privada o pública. Por eso
sorprende que el fiscal vea dificultades en delimitar dichos campos. Al
parecer, si una noche en el hotel uno se toma un cubata o se da el capricho de
comerse unos langostinos con caviar, cargándolos al erario público, si se es
funcionario, es delito, pero si se es autoridad, no lo será. Los langostinos
serán los mismos, pero en la boca de un funcionario cualquiera son una
actividad privada, y deberá pagarlos él, mientras que en el estómago de una
AUTORIDAD se convierten en un ACTO OFICIAL y debemos pagarlos todos. Esta doctrina, auténtica patente de corso, es
sostenida nada más y nada menos que por el ministerio fiscal que se apoya en
unas normas del propio CGPJ y yo me pregunto ¿Esas normas son legales? ¿Puede
así, sin más, un órgano del estado darse
unas normas que el más relajado de moral de nuestros compatriotas vería
ilegales o ilegítimas o el más pillo una invitación a cometer toda suerte de
chorizadas con cargo al bolsillo patrio? ¿Cómo es posible que lo que yo veo con claridad
meridiana no lo vean los miembros de ese órgano? Para mí está claro que hechos
como este demuestran que el órgano de gobierno de los jueces es incapaz de gobernarse
a si mismo.

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